Cubano color café cortado

Cosa Negra, el folletín romántico de Andrés Asevís ilumina la zona oscura de una isla repleta de prejuicios raciales, religiosos y sexuales, donde los jóvenes sólo piensan en irse. Un libro que Cuba censuró y sólo se publicó en Argentina.

Por Nicolás Artusi

Ene 15, 2024

“Ay qué rico, me encantas, como el café: negro, fuerte y oloroso”. Eso le dicen a Eliel, alias Atila en las aplicaciones de levante, y protagonista de Cosa negra, la novela del escritor cubano Andrés Asevís escrita en la provocadora segunda persona del singular: “Te llamas Eliel y eres un joven negro y gay de La Habana en busca de tu próxima presa sexual”. En esta saga de libros que hacen bien, el folletín romántico de Asevís ilumina la zona oscura de una isla repleta de prejuicios raciales, religiosos y sexuales, donde los jóvenes sólo piensan en irse (“vivir muchos años en el mismo sitio es un sueño que no se hace realidad”) y donde lo inmaterial es a la vez atávico y actual: la vigencia de la santería y la dificultad para conseguir wi-fi.

¡Santos orishas, danos unos minutos de conexión! A los 36 años, Andrés Asevís es el seudónimo literario de Andrés Yunior Gómez Quevedo, escritor y artista plástico, autor de la novela infantil Los árboles que querían volar, que fue censurada en Cuba por sus parodias al gobierno. Con su primera novela adulta no pudo eludir el control: Cosa negra sólo se publicó en la Argentina. Y él, que ahora trabaja como guía turístico independiente en La Habana, dice que “muestra la Cuba que no sale en las postales”. La pequeña saga cotidiana de Eliel denuncia el racismo enraizado en una sociedad que vende negritud. Si la publicidad típica de la isla muestra a dos mulatos color café cortado tomando ron Havana Club en el malecón, la realidad hace del cubano promedio una “cosa negra”: alto, robusto, rapado y dotado, la conquista de una fantasía para el gringo con dólares contantes que paga en una noche lo que se gana en un mes. En el dilema de ser o no ser un “fa-fo-fe” (fantoche-fortachón-fetiche), Eliel tiene su epifanía: “Tu nombre ya no es Atila. A partir de este momento eres Cosa Negra”.

La fantasía del hombre nuevo socialista tiñó de homo-odio la isla y sus mártires literarios mancharon las páginas con lágrimas y sangre: Reinaldo Arenas, Virgilio Piñera, José Lezama Lima. Ahora la revolución no es ajena a la época: Eliel tiene su cuarto empapelado con fotos de Adele, Beyoncé y el supermán Henry Cavill, escucha a Sam Smith y aun con dificultades de conexión sigue las series de las plataformas y conoce a otros a través de la aplicación. A su modo, es un hombre nuevo. En Cosa negra se alienta la posibilidad de una isla: ahí donde la revolución sea eterna, llevará décadas lo que en otros sitios tarda un minuto. “Eliel es un joven de su época”, concluye uno de sus novios: “Él es como dice Rimbaud: ‘absolutamente moderno’”.

¿Y el café?

“Un café se hace necesario”, se dice Eliel: “La idea del expreso y la memoria de sus notas torrefactas aumentan los deseos de tomarlo. Te aguantas el impulso de correr a montar la cafetera y encender la hornilla. Hoy te vas a regalar un desayuno en un sitio agradable”. En Cuba se producen más de seis mil toneladas métricas de café por año (antes del embargo económico, el paisito exportaba más de veinte mil toneladas por temporada) y, si es casi imposible conseguir café cubano afuera de la isla, que se rinda tributo a sus cafetales con su bebida insignia, el Cubano: un pocillo en el que se vierten azúcar y unas gotas de café y que se revuelve con vigor hasta conseguir una sustancia almibarada que se conoce como “espumita” y que después se agrega sobre otra taza que contiene el resto del café. ¡Azuquita, sabor!

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