El Gallego Méndez ya pagó el carnet de pileta…

Si el club me necesita , no tiene más que llamarme. Si estoy dirigiendo al Real Madrid, renuncio y voy", había prometido. Y cuando el teléfono sonó, no dudó en asumir un desafio que pone en juego su nombre, pero no su amor por el escudo de Vélez.

Por Cholo Sottile

Sep 7, 2023

Hay frases que se dicen simplemente porque el hincha las quiere escuchar. La demagogia futbolera tiene cientos de capítulos. Aunque también hay personajes que con satisfacción son rehenes de sus palabras. Sebastián Méndez, hace un tiempo, había declarado algo que pudo quedar perdido en un archivo de algún periodista partidario. «Yo mato y muero por Vélez. Si el club me necesita alguna vez, no tiene más que llamarme. Si estoy dirigiendo al Real Madrid, no me importa. Renuncio y voy. A Vélez jamás le voy a decir que no», juró. Quedó grabado, fundamentalmente en su cabeza. Hace poco más de dos meses, entonces, no estaba en España sino en Santa Fe. Era el entrenador de Unión, otro de los que pelean en la tabla general. Ahí recibió ese bendito llamado y, aunque no le gustó su propia decisión de dejar a un plantel a pie, aceptó el desafío: intentar salvar a su Vélez del descenso. El Gallego entendió que al pánico que le genera una pelea desconocida en la tabla, a Vélez se le sumaba haber perdido la bala de plata con la renuncia de Gareca. Se había ido el DT más querido en el club después de Carlos Bianchi. No hubo dudas: asumió la decisión con el corazón, sin pensar demasiado. Pueden molestar los modos, pero estas acciones son las que representan el sentido de pertenencia. Más aún en un caso extremo. El Gallego Méndez es de los que se arriman al familiar cuando está enfermo, trata de ayudar a curarlo; no de los que aparecen con todos a llorar en el velorio.

«Vélez es mi vida, me crié ahí. Yo vivía en el club. No teníamos guita para irnos de vacaciones y me regalaban el pase a la pileta. Entré como un nene, me fui como un hombre. Soy lo que soy por Vélez», recordó el Gallego sin pedir piedad en la crítica. De hecho sabe que le costará pasar por Santa Fe. No buscó excusas en la necesidad de estar cerca de su hijo en Buenos Aires. Puso la cara, escuchó los insultos, vio la bandera de los hinchas de Unión en el primer partido post renuncia y avanzó. Su equipo arrancó con su inyección anímica, después cayó un poco y ahora pegó un golpazo contra River en la Copa de la Liga. En el Amalfitani, cara a cara con el último campeón local fue su mejor partido en el ciclo. Con varios refuerzos en cancha, le borró la sonrisa a Demichelis y sus caudillos. Aunque el objetivo de Vélez pasa por otro lado: necesita sacar puntos para escaparle al sótano de la tabla. El dato, a hoy, es que desde que asumió Méndez es el segundo equipo que más puntos sacó de los que están en la pelea. Banfield acumuló 18; Vélez sumó 15. Más que Instituto, Independiente, Tigre, Huracán, Unión, Sarmiento, Colón, Central Córdoba, Platense y Gimnasia. Así, también se transformó en el mejor gritador de goles de los técnicos de la Argentina. Corre, salta, grita, se abraza, su garganta se raspa y sus ojos se llenan de brillo. Como si el DT fuera un hincha. En realidad, el Gallego es un hincha que es DT.

De jugador fue un duro marcador central. En épocas de Bianchi entrenador en la época dorada, él asomaba detrás de los experimentados Roberto Trotta, Sotomayor, Pellegrino, Almandoz. Debutó en julio del 94, el año que Vélez salió campeón de América en el Morumbí. Eran días que Vélez ponía de rodillas a Boca y a River, tiempos de Chilavert con el buzo del bulldog, y los tanques Asad y el Turu Flores arriba. O sea, el rubio Sebastián se crió en los tiempos de las vacas sagradas, cuando en Vélez sobraban puntos. Hoy tiene que administrar menos riqueza, pero trata de darle su impronta al equipo. Ahora otra vez como entrenador principal, después de la experiencia como parte del cuerpo técnico de Maradona en Gimnasia. Empezó con línea de 5 para cuidarse más en defensa y en la Copa de la Liga ya volvió a la línea de 4. Recuperó al capitán Giannetti, que pidió quedarse pese al murmullo de la gente para ayudar al equipo en un momento complejo. Está dosificando los minutos de Prestianni, el pibe de 17 años que gambetea aunque la pelota esté en llamas en Liniers. Volvió a poner a Santi Castro por el centro del ataque, por donde más rinde, y por donde le hizo el segundo gol a River el sábado. Todo en un club que perdió hasta al presidente en el camino. Pero él va por más en una serie que aún tiene varios capítulos por ver. Su apellido podrá quedar en duda si le va mal y el final es infeliz, pero no se podrá cuestionar su sentido de pertenencia. Para el Gallego, ese amor va mucho más allá de palabras bonitas que se dicen para endulzar el oído del hincha. Ya pagó el carnet de pileta que Vélez le había regalado de pibe…

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