La columna de Nico Artusi: En busca del café perdido

En las películas y novelas en las que se viaja en el tiempo suele haber una norma que prohíbe intervenir en algunas cosas que pueden influenciar el presente...

Por Nicolás Artusi

Mar 1, 2023

Tiene el peso específico de un rumor (o, lo que para el periodista pluriempleado con vocación por el impacto y pereza para el chequeo, es una fija): dicen que en un callejón de Tokio existe cierta cafetería en la que, si el parroquiano se sienta en una silla exacta y cumple ciertos requisitos, puede viajar hacia el pasado todo el rato que esté ahí. El deseo de volver a ver a mis abuelos, o el anhelo de regresar a esa clase de la secundaria en la que recién supe qué contestarle a la profesora de Biología una vez que ya estábamos en el recreo largo, me llevan a pensar que es una buena idea. Pero como toda ideota tiene su trampa: aunque uno vaya al pasado es imposible modificar el presente. Es turista en su propia historia.

Y de aquellos ciertos requisitos, acaso el más importante me increpa directamente: “Únicamente podés permanecer en el pasado el tiempo que tarde en enfriarse un café”. Para mí, una zoncera: fanático del ristretto, lo acabo rapidísimo, en uno o dos sorbos. La leyenda que cuenta la novela Antes de que se enfríe el café, del escritor japonés Toshikazu Kawaguchi, puede leerse como una versión cafeinizada de En busca del tiempo perdido, aquí sin tecitos ni magdalenas y en muchos menos tomos (solo uno de 271 páginas). Pero es útil para el propósito de esta columna: escribir acerca de libros que hacen bien. Y en lo posible, combinarlos con café. Si la novela se marida (perdón) con la serie Midnight Diner: Tokio Stories, que está en Netflix y que narra la saga de un pequeño restaurante en un callejón de Tokio donde pasan cosas raras después de la medianoche, estas japonerías literarias tienen más que ver con el recuerdo que con lo sobrenatural: una novia joven que lamenta no haber dicho cuán importante era su novio antes de que él viaje al otro lado del mundo o un señor mayor al que el Alzheimer le impide contar a su esposa algo que tiene guardado desde hace mucho. La novela de Kawaguchi nos lleva a pensar sobre la inevitabilidad de las cosas: lo que pasó, pasó, dijo con menos melodrama un ídolo del reguetón.

“La cafetería donde se puede viajar al pasado”, podría ser un lema convocante si la tiendita apareciera mencionada en los mapas de Google. Pero no es tan fácil: hay que saber encontrarla. En Antes de que se enfríe el café, el autor no da ninguna pista sobre su ubicación aunque establece vínculos con quienes contaron esta historia antes que él: “En las películas y novelas en las que se viaja en el tiempo suele haber una norma que prohíbe intervenir en algunas cosas que pueden influenciar el presente”. Si pudiera volver a ver a mis abuelos, ni les hablaría para no caer en el riesgo de meter una cizaña y, con un enojo fatal, provocar una pelea que podría dejar nonatas a tres generaciones de nosotros. Pero me encantaría verlos reír de nuevo. Esta cafetería en Tokio no es una fija, apenas un rumor: elijo creer.

¿Y el café?

Para acompañar la lectura de Antes de que se enfríe el café recomendaría lo que se conoce como café asiático, una bebida con leche condensada, brandy, licor y canela. El libro cuenta que el café entró en el Japón durante la era Edo, la época que corresponde al gobierno del shogunato Tokugawa, entre 1603 y 1868. “Sin embargo, al parecer esta bebida no gustó al paladar de los japoneses de aquella época, que no lo tomaban por placer”, escribe Kawaguchi: “Para ellos no era más que una especie de líquido aguado negro y amargo”. Así debe ser.

@sommelierdecafe

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