Gallardo y cómo se dice «que la gente crea» en árabe

El Muñeco eligió un destino diferente para volver a trabajar, pero no es un retroceso sino un desafío diferente antes de cumplir su deseo de dirigir en Europa.

Por Cholo Sottile

Nov 29, 2023

Todos se querían sacar una foto con él después de su último partido en River. Fue en Mendoza, en el estadio Malvinas Argentinas. Hace apenas más de un año. Un 4-0 con el Betis de España que nadie recordará por el resultado. Marcelo Gallardo, de pronto, se asomó con una sonrisa rápidamente nostálgica a la puerta del vestuario. Ya había anunciado que dejaba de ser el entrenador del equipo. Ya se había despedido de todos. Ya había agarrado un micrófono en el campo de juego para avisarles a los hinchas que los iba a extrañar. Ya se había conmovido unas horas antes con el retiro de Javier Pinola, uno de los líderes de su exitoso plantel. Pero recién ahí, una vez que se bajó el telón definitivamente, al Muñeco le cayó la ficha de que se iba de su club. Se lo confesó a su núcleo íntimo. Y si no lo hubiera dicho, lo delataba la mirada distinta en sus ojos saltones. No se había ido hasta salir de ese vestuario…

Pasaron los días en los que se dedicó a descansar, a disfrutar y valorar el tiempo libre. Gallardo es un técnico vocacional, obsesivo, que se moviliza con su profesión. Pero no es de los que quiere vivir para su trabajo olvidándose -justamente- de vivir. En algún momento se le cruzó por la cabeza mudarse un tiempo a Estados Unidos para estudiar mientras salía del ruido. Al final se quedó en el país, compartió con sus hijos más grandes. Hasta que ahora aceptó ir a dirigir a Arabia para tener una experiencia futbolística y personal. Gallardo sigue pensando en comandar un equipo grande de Europa. Más adelante. Ahora quiere crecer a su modo. Quienes más lo conocen cuentan que está disfrutando de cada lugar nuevo que conoce, del trabajo y el enorme intercambio cultural. Suele ocurrir: desde afuera si quiere opinar sobre el destino de los ídolos, a veces sin contemplar qué quieren ellos. Pasa con Messi, cuando muchos no pueden aún digerir que juegue en Miami en vez de hacerlo en una liga europea. Lo mismo con el Muñeco. En este momento de su vida, de su película, Gallardo necesitaba un lugar como Arabia para después repensar el próximo paso.

Gallardo, entonces, recibió las típicas flores amarillas de bienvenida junto a su cuerpo técnico. Conoció a Benzema, Kanté, Fabinho y el resto de los jugadores del Al-Ittihad, que mezcla a esos grandes nombres de la elite mundial con chicos con mucho por aprender. Después, él mismo explicó por qué fue a un mercado más arrollador desde lo económico que lo futbolístico. «Es un gran desafío descubrir una cultura totalmente diferente, un ámbito distinto. El hecho de llegar acá es un crecimiento también deportivo. Entender cómo culturalmente puedo involucrarme en una estructura de desarrollo. Eso me motivó muchísimo para venir y ha sido una de las razones principales», explicó el Muñeco. Hoy, a los 47 años y después de 8 y medio en River, Gallardo necesitaba una propuesta así. A diferencia de un futbolista, el entrenador no pierde ritmo ni deja sus mejores años en una liga exótica. Él puede seguir creciendo hasta volver a la competencia grande o direccionar su carrera hacía otro ámbito. En los famosos pasillos de River hay quienes sospechan, o desean íntimamente, que en algún momento el entrenador más exitoso de su historia se transforme en dirigente.

Gallardo ahora quiere construir una identidad en Arabia. Esa idea lo seduce más que ganar un campeonato, aunque su espíritu competitivo siempre lo movilice. No es casual que haya llevado a todo su cuerpo técnico, que se había ido con él de River. No sólo Matías Biscay y Hernán Buján, sus asistentes técnicos; sino también al Preparador Físico Pablo Dolce, a su videoanalista Nahuel Hidalgo y a Mariano Bernao, colaborador del riñón del Muñeco. Necesita gente de confianza para conquistar este fútbol tan lejano como distinto. Además, convocarlos de nuevo es hacerles un guiño de agradecimiento por tantos años siguiéndole en el exigencia extrema. Ya instalado, Gallardo empató el primer partido y ganó 2-1 ante el OKMK de Uzbekistán por la Champions asiática. Pero lo más significativo se dio en el avión que los llevó al triunfo. Cuentan a la distancia que cuando el Muñeco entró a la cabina principal, el plantel empezó a corear su apellido. Gallardo soltó una sonrisa tímida y compartió el momento con orgullo. Tiene que ver con la seducción que genera su capacidad de liderazgo. Tal vez sea momento de saber cómo se dice «que la gente crea» en árabe…

 

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