La historia de amor que lleva más de 20 años entre un científico y una ballena

Mariano Sironi descubrió a “Hueso” en medio de sus investigaciones en 1999, desde ese momento, sus encuentros registran retratos únicos.

Por Jonatan Pedernera

Oct 25, 2023

El lazo entre Mariano y la ballena que nació en las costas de la Península de Valdés ya lleva 24 años. Por una particular mancha en la espalda, el investigador nombró al animal como “Hueso” y desde ese momento, cada avistaje termina maravillando a todos los amantes de la naturaleza.

“Cuando tenía 28 años, en 1998, comencé mis estudios de doctorado sobre el comportamiento y desarrollo social de las ballenas francas juveniles en Península Valdés. En 1999, durante mi primera temporada de toma de datos desde el observatorio de la estación de investigación, Campamento 39, en el Golfo San José, registré varias crías que luego serían importantes en mi estudio, y que a lo largo de los años han sido una parte especial de mi vida”, contó Mariano, quien es director científico de Conservación de ballenas.

Mariano, en medio de una investigación, a la espera de «Hueso».

Ahí, en medio del trabajo, se topó con un ballenato con una mancha en forma de hueso sobre su espalda. Con el sobrenombre pudo distinguirla entre otras ballenas durante tantos años.

“Hueso era una cría muy activa cuando la conocí. Muchas veces la vi saltando y jugando alrededor de su madre”, comentó el especialista. Un año después, en el 2000, la volvió a ver, pero transformada en una joven ballena “independiente y muy sociable”, detalló.

El siguiente encuentro fue en 2006 en el Golfo Nuevo y ese momento Sironi se llevó una gran sorpresa. Una ballena irrumpió con su madre en el campo visual y notó que la más grande tenía manchas blancas en la espalda: era “Hueso” que se había convertido en madre.

Cada vez que “Hueso” aparece de forma sorpresiva, Sironi no puede ocultar su alegría. En 2014, el especialista volvió a recibir la visita de la ballena: “Con 15 años de edad, pasó nadando frente a la estación de investigación en la misma bahía que visitaba cuando era recién nacida. Cuando con el telescopio vi sus manchas blancas, mi corazón dio un vuelco en mi pecho”, afirmó. Ese día, el investigador se acercó a saludarla y no estaba sola, se encontraba junto a sus tres crías.

Las coincidencias estuvieron llenas de asombro y felicidad: “Cada encuentro con Hueso y sus crías fue inolvidable. Recuerdo además a las personas que me acompañaban en esos encuentros. La emoción compartida nos une entre humanos y nos acerca más a la esencia de las ballenas”, aseguró Mariano, quien espera que “Hueso” siga vislumbrando con sus apariciones.

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