Si existe una ley primera en la literatura argentina, esa ley tiene el nombre de una pampa interminable, de un gaucho que cabalga entre dos mundos y de una lengua que mezcla el idioma de los conquistadores con el habla viva de la tierra. El Martin Fierro de Jose Hernandez, publicado en su primera parte en 1872, no es solo un poema gauchesco: es el acto fundacional de una conciencia literaria nacional que todavia hoy late con fuerza en cada libro que se escribe al sur del Tropico de Capricornio.
Antes de Hernandez, Domingo Faustino Sarmiento ya habia trazado una linea de fuego con su Facundo (1845), ese texto inclasificable que es a la vez biografia, ensayo sociologico, novela y manifiesto politico. Sarmiento entendio que la literatura no podia ser un ornamento de salon sino una herramienta de interpretacion del pais real. Esa tension entre civilizacion y barbarie que el planteo sigue resonando en los debates culturales argentinos, y demuestra que los textos fundacionales no envejecen: se transforman y adquieren nuevas dimensiones con cada generacion de lectores.
La ley primera no es una norma escrita en ningun codigo sino una actitud ante la escritura: la conviccion de que la literatura debe hacerse cargo del territorio que habita, de sus contradicciones, de sus violencias y de sus bellezas. Jorge Luis Borges llevo esa ley a su maxima expresion al crear una obra que es, al mismo tiempo, profundamente argentina y universalmente reconocida. Sus Ficciones y El Aleph demostraron que la periferia puede generar una literatura del centro, que Buenos Aires puede ser el ombligo del laberinto y el laberinto mismo.
El siglo XX trajo consigo voces que ampliaron y complejizaron esa ley fundacional. Julio Cortazar instalo la fantasia en el corazon de lo cotidiano porteno. Ernesto Sabato ausculto la oscuridad debajo de la ciudad. Manuel Puig rescato las culturas populares y el melodrama como materia literaria legitima. Cada uno de estos escritores dialogo, consciente o no, con ese primer mandato que dice: la literatura argentina debe ser fiel a su tierra sin dejar de aspirar al universo.
Hoy, la literatura argentina goza de una vitalidad notable. Autores como Samanta Schweblin, Cesar Aira, Maria Gainza o Selva Almada siguen tensando el arco entre lo local y lo global, entre la tradicion y la ruptura. El mercado editorial de Buenos Aires es uno de los mas activos de America Latina, y las ferias del libro convocan multitudes que demuestran que leer sigue siendo un acto social y colectivo en este pais. La ley primera, entonces, no es una herencia museificada sino un impulso vivo que cada nueva generacion de escritores reescribe a su manera.
Reconocer esa ley primera no implica mitificar el pasado sino entender que toda literatura nace de una conversacion con lo que vino antes. Los jovenes que hoy escriben sus primeros cuentos en los talleres literarios de Buenos Aires, Rosario o Cordoba estan, sin saberlo quiza, respondiendo al gaucho de Hernandez, al laberinto de Borges, al axolotl de Cortazar. La cadena es larga, luminosa y aun esta abierta, esperando los eslabones que vendran.