Messi, el ídolo familiar

Leo empezó a filmar en Miami otra serie llena de capítulos con finales felices. Pero más allá del glamour y la fama, para él siempre lo primero es la familia, ésa que lo acompaña donde sea desde el primer día.

Por Cholo Sottile

Jul 25, 2023

Hace años que cada gesto de Messi está en boca de todo el mundo. Con decir que acaba de llegar a 480 millones de seguidores en Instagram alcanza para entender que tiene una marca más personal que en la cancha. Durante un largo tiempo, al tener que hablar de todo, un tema donde se hizo foco fue en su carisma. Irrumpió en el fútbol con el talento de Maradona, pero con otra personalidad a la de Diego. En su momento, entonces, costó mucho entender que no tenía que ser el calco del héroe del 86. Fundamentalmente para la generación de hinchas ya sub 50, una generación de esclavos emocionales del primer 10. Leo, quizá por su formación, o porque partió muy chico a Barcelona, no tenía ese gen tan argento. Tuvo que ganar para entender que su lazo con la gente pasaba por otro lado. Enamoraba a primera vista su talento. Después te quedabas con él por verlo como el yerno ideal… Educado, talentoso, exitoso, competitivo sin caer en la trampa, generoso con sus compañeros, familiero. Es más, que él sufriera por no ganar un Mundial con Argentina también generó una empatía especial en el resto del mundo. En la final contra Francia -salvo los franceses- todos querían ver a Leo levantando la Copa. Hasta había brasileños, los contras de siempre, hacían fuerza por él y lo confesaban en público. Está a la vista otra vez ahora que irrumpió en la MLS para cambiar la historia del deporte en Estados Unidos. Messi ya no sólo es el argentino que todos queremos ser. Messi es el argentino que todo el mundo quiere ser…

Quedaron cientos de fotos de su debut de película contra el Cruz Azul. Se podrán poner orgullosos con la admiración que genera en estrellas del deporte como LeBron James o Serena Williams, que grababan con sus celulares como si fueran hinchas cualquiera. Con su gesto apenas terminó el partido, que le dedicó el triunfo al compañero que se había lesionado y sufría en el vestuario. Leo ya intuía que Ian Fray, el defensor local, se perderá toda la temporada. Todas esos momentos dicen sin hablar. Pero hay uno que es bien Messi, tan inédito en sus formas como emotivo en su contenido. Después del gol, ese tiro libre en el minuto 93 escrito para él, salió corriendo a festejar como un nene y terminó abrazado a su familia. Como si fuera un torneo en el barrio, donde podés tocarte con los tuyos a centímetros de la línea lateral, Messi fue a buscar a sus tres hijos, a sus sobrinos, mientras su mamá miraba orgullosa con el teléfono en la mano. Como si fuera en Grandoli pero con el glamour de Miami. Allí todos estaban con él. No hay jugador en el mundo que lleve esa troupe familiar a todos lados. Su esposa Antonela, la mujer que siempre lo respaldó y nunca se dejó seducir por los flashes de primera dama. Su papá, Jorge, hincha fanático de él, amigo y representante. Sus hermanos Rodrigo, el mayor que vive en España, y Matías, otro que lo defiende con los dientes apretados. O su hermana más chica, María Sol. No aparecieron ahora que es campeón mundial y vive cerca de la playa. Ni un ratito antes por la seducción que genera una foto con la famosa Torre Eiffel. Esa hinchada jamás dudó de él. Los tiempos cambiaron: hay que recordar la final de la Copa América 2015, donde Leo se fue al entretiempo preocupado porque ellos la estaban pasando mal en medio de los hinchas. Lo que nunca se modificó es que ellos estuvieron ahí cerca. Hay muchas estrellas que conforman un clan, el famoso entorno. Leo siempre jugó en familia.

Messi, en realidad, siempre fue un sólido plan familiar. Ese amor le dio fuerzas aun en los días más tristes, cuando la billetera no daba para que todo el grupo fuera a Barcelona detrás de su talento precoz. El viajó con Jorge a un departamento a pocas cuadras del Camp Nou, el estadio que años después vibraría con cada fin de semana con su zurda. Gambeteó, corrió, pero también sufrió, lloró. Antes de la foto del primer gol, colgado de un Ronaldinho sonriente que le mostraba al mundo a su sucesor, tuvo que padecerla. Hasta que pudo llevar a todos para allá. Y después, hacerles conocer todo el mapa. Eso fue tan Messi como particular. Uno cuando va creciendo, poniéndose de novio o novia, deja de irse de vacaciones con la familia. Para Leo siempre fue sagrado. Llevó a su plantel a todos lados. Después podía irse con amigos en un yate, pero el gen de pibe de barrio no lo abandonó. Como su vocabulario. Aunque vivió más tiempo en España que en la Argentina, Messi habla rosarino. Esconde las «s» como cerca del Monumento a la Bandera, dice «fulbo» y convirtió en leyenda el «andá payá, bobo». Aun cuando ahora termine el partido y se abrace con David Beckham, el marketing transformado en fachero futbolista. Esa parte de su vida también parece un cuento de Disney. Messi es el chico que tenía problemas de crecimiento y se transformó en el futbolista más grande del mundo. Es una película que siempre tiene un final feliz.

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