Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar

El mensaje de la Selección es mucho mas grande que ganar el Mundial: nos hicieron creer otra vez que podemos tener un país mucho mejor.

Por Gastón Mastrolía

Mar 24, 2023

Los integrantes de la Selección posiblemente no sean conscientes de lo que generaron. Porque ni siquiera tiene que ver con el fútbol. Ellos lograron lo que no logró ningún político en los últimos 40 años: nos volvieron a ilusionar con un país mejor. Nos demostraron, a los que estamos adentro y también a los que no viven acá, que en la Argentina hay más gente alegre, creativa y solidaria que corruptos, ladrones y deshonestos. Porque los medios siempre les dan espacio a estos últimos y el Mundial lo que hizo fue poner en primer plano a los buenos.

Y cuando hablamos de los buenos no nos referimos solo a los que juegan (y qué bien lo hacen) sino también a los que están afuera del campo. A los Scaloni, los Aimar, los utileros, la cocinera, los Kun Agüero, los hinchas que hacían cantar a todos en Qatar, los que salían a las calles en la Argentina o en Bangladesh o en Nápoles, las abuelas que bailaban en los balcones, el abuelo que se sentaba en una reposera frente a un local de electrodomésticos, los vecinos que le regalaron un televisor a ese abuelo, los amigos que saltaban en las esquinas, los desconocidos que se abrazaban, el chico que le ofrendó su camiseta a un cartonero, los que lloraron con su familia, los que recordaron a los pibes de Malvinas, los que mantuvieron cábalas locas y raras para ganar otra Copa del Mundo.

Todo eso somos los argentinos. Y gracias al Mundial nos volvimos a valorar. Y gracias al Mundial nos volvieron a valorar. Y por primera vez se unieron casi todos para hinchar por nosotros. Porque tan malos no somos. El argumento es que en todo el planeta querían que Lionel diera la vuelta. Y es verdad que él provoca eso. Pero también es verdad que él es uno de nosotros. Nació acá, fue al colegio acá, conoció a su novia acá y siempre vuelve acá. En España se forjó su personalidad, se potenció su carrera y alcanzó la fama. Pero es argentino. Con lo bueno y lo malo. La humildad para sacarse una foto con cualquiera que se lance a la cancha o que lo aborde hasta dentro de una pileta en sus vacaciones. La creatividad para inventar en el fútbol lo que se creía que ya estaba inventado. El carácter para perder una vez, dos veces, tres, y seguir intentándolo. Y también la mecha corta o la mini soberbia para hacerle el Topo Gigio  a un técnico que lo ofendió o decirle “qué mirá Bobo” a un rival que lo cargó. Aunque es tan de los buenos que con el tiempo se da cuenta de que eso está mal y lo reconoce.

Nadie es perfecto. Los argentinos está claro que no lo somos. Messi lo demostró con esos deslices que lo vuelven tan humano. El enorme Dibu Martínez los tiene a cada rato y a veces pisa el pasto más de la cuenta. Sin embargo, a la hora de la consagración va a levantar del piso a sus rivales y en su primera nota se acuerda de “los 45 millones”. Son como vos o como yo. Juegan al fútbol como los dioses. Pero cuando se termina tienen los mismos problemas que nosotros: discusiones familiares, el colegio de los nenes, amigos o conocidos que no llegan a fin de mes, cortes de luz, inseguridad… La mayoría tiene sus casas en Europa pero las fiestas las pasan acá y posiblemente también pasen el resto de su vida cuando el fútbol se termine. Por eso tiene tanto valor lo que hicieron. Y por eso se bancaron mil horas arriba de un micro insolándose para celebrar con la gente. Justamente porque ellos son la gente.

El Mundial sirvió para ratificar que no estamos perdidos. Para tener un motivo para abrazarnos fuerte con nuestros hijos o hijas, para charlar con extraños por la calle, para reunirnos con familia y amigos como siempre pero sin hablar de lo que nos deprime. Nos vino bien para que el mundo vea que podemos perder una guerra pero nunca la memoria por nuestros héroes. Y también que podemos salir cinco millones juntos a la calle y que no pase nada. Eso también fue un mensaje para esos que se creen que les debemos un favor por un plan, un subsidio o por colocar un ventilador en una escuela y después ven que no juntan ni diez personas a aplaudirlos salvo que les den algo a cambio. Scaloni no necesitó un grito, ni una promesa, ni una apretada para ser reconocido en su pueblo. Solo trabajó con compromiso y honestidad. Parece difícil pero para los buenos no lo es. Les sale naturalmente.

La fiesta en el Monumental, con un partido con Panamá como excusa, fue una prolongación de lo que vivimos en diciembre. La magia de ser argentino sigue intacta. Y ahora nos volvimos a ilusionar. Ya no con ganar otra estrella, la cuarta (aunque si viene la aceptamos). Ahora podemos soñar con un país mejor.

Porque Messi, Scaloni, McAllister o Julián Alvarez hay un montón. Algunos juegan al fútbol. Otros son médicos, bancarios, oficinistas, comerciantes, agricultores, arquitectos, electricistas, ingenieros, colectiveros, taxistas o estudiantes.

Hay equipo en cualquier ámbito que mires. Y aunque perdamos con la inflación, con la pandemia o con Arabia Saudita, siempre seguimos yendo para adelante. Y hasta cantamos más fuerte. Por eso hay gente de otros países que se viene a vivir a estas tierras y decide quedarse pese a la actualidad que vivimos. Confían en nosotros. Confiemos nosotros también.

Argentina ya tenía todo lo bueno antes del Mundial. Lo que hicieron estos muchachos fue visibilizarlo. Y ahora, ahora sí, nos volvimos a ilusionar…

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