Resiliencia

"Cáncer de mama". Ese diagnóstico fue un shock y también una oportunidad realizar cambios positivos en mi vida. Aprendí a disfrutar el presente.

Por Marisa Andino

Jun 13, 2023

La Real Academia Española de la Lengua define a la resiliencia con dos  acepciones: 1)capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos; y 2) capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había sido sometido.

De una manera u otra, el concepto es bien claro y se lo podría resumir con la capacidad de sobreponerse a una situación que altera el orden natural de un  ser vivo para luego volver a la situación en la que se encontraba (antes de la llegada de ese factor disruptor) o bien que luego de atravesar ese factor alterador y movilizante, la persona se reubica en un lugar superador al estado previo, sobre todo, desde el punto de vista espiritual.

Cuando escuché la palabra cáncer de mama, en la que suponía iba a ser una consulta de rutina, la primera impresión que sentí es que estaban hablando de otra persona, no podía ser yo la protagonista de esa historia e inmediatamente al estupor inicial le siguió la sensación que en ese mismo momento, el tiempo se había detenido. Como en las películas, las palabras de mi médico resonaban lejanas, confusas y casi en un idioma desconocido. Lo momentos posteriores son  difíciles de recrear ya que se mezclan en mi memoria palabras, miradas, preguntas y respuestas. Una bomba había detonado y yo me sentía tratando de reponerme de los efectos de la onda expansiva generada.

Mis recuerdos comienzan a aclararse y los puedo reproducir de manera más fiel, a partir de la llegada a mi casa con mi marido. Atravesar esa puerta me conectó inmediatamente con mis hijos y aproveché que ellos estaban en el colegio para poder descargarme, llorar y no parar de preguntarme ¿por qué a mí? Fueron momentos duros donde todos los pensamientos  que atravesaban mi mente tenían una connotación negativa. El sufrimiento, el dolor, el desamparo y la muerte se mezclaban como una gran ensalada que intrusaba mi cerebro y no podía desalojar a pesar de las explicaciones médicas que mi marido aportaba, augurando un buen pronóstico.

Luego de ese cimbronazo inicial, comencé a sentir un cansancio enorme, como si hubiese trabajado muchísimas horas sin parar y al cansancio se le sumó una sensación de sueño irrefrenable que me empujaba, de manera casi compulsiva, a recostarme en la cama y dormir. Evidentemente, el físico había sentido el golpe de knock out que había impactado en mi alma.

Dormí un par de horas y al despertar, lejos de sentirme abrumada, sentí una firme convicción y deseo de encarar el problema y resolverlo cuanto antes. Como el jinete que cae de su caballo y quiere seguir cabalgando, de alguna manera, con el sueño,  me limpié el “polvo” que cubría mi  ropa y decidí volver a montar con ahínco para llegar de la mejor forma a destino.

No fueron épocas fáciles, el temor que muchas veces se transformó en miedo, volvía en forma de ráfagas que intentaban ocupar mi mente, el apoyo incondicional de mi marido y mis afectos y la confianza plena en mi médico fueron fundamentales para ahuyentar cualquier fantasma.


Finalmente y luego de un proceso de estudios previos, se realizó la cirugía con éxito, no solo desde el punto de vista técnico, sino también en cuanto al pronóstico ya que el estadío en que se había diagnosticado el cáncer era un estadío inicial, de ahí la importancia de divulgar constantemente la importancia de realizar anualmente controles para intentar lograr una detección temprana del cáncer de mama.

No soy la única persona que le ha tocado atravesar por una situación así. Millones de seres humanos reciben un diagnóstico  de este tipo constantemente. Pero creo que lo importante no solo es hacer hincapié en la importancia del diagnóstico precoz, sino, que una vez superado el trance, es saber qué hacer con esa experiencia vivida, como capitalizarla para que la vida de uno sea mejor y pueda ser transitada de un manera más liviana, positiva y productiva.

Pasar por esta experiencia produjo en mí, cambios que resultaron muy positivos y que considero como una respuesta resiliente. En primer término aprendí a relativizar los problemas. Darle a cada uno de ellos la categoría que merece, es una manera de no sobredimensionar los mismos y no poner a todos en la misma escala; de esa manera, cargamos muchas menos “mochilas” que enlentecen nuestra existencia y la hacen más tortuosa y sinuosa.

Aprendí a disfrutar el presente. Los psicoanalistas dicen que no es bueno ni sano para nuestra estructura psíquica el exceso de pasado ni  el apremio por el futuro, el primero  lleva a la melancolía e incluso a la tristeza y el segundo lleva a la ansiedad, muchas veces incontrolable.

Comencé a aceptar la vida como se presenta y a darme cuenta que hay cosas que puedo solucionar y otras que no y aquellas con las que no puedo aprendí a pedir ayuda para resolverlas, abandonando la omnipotencia. Entendí que la vida está plagada de éxitos y fracasos, de triunfos y derrotas, a los cuales hay que saber aceptar y comprender que son parte de la vida misma; eso me llevó a disfrutar y valorar mucho más lo logrado y no hablar siempre desde lo que falta, desde la carencia.

Como corolario de lo expuesto, creo haber obtenido un resultado positivo a partir de la experiencia relatada. Las vivencias negativas siempre pueden tener una salida resiliente, si a partir de sucedidas cambiamos la pregunta que siempre nos hacemos cuando ocurren que es ¿POR QUÉ? y la reemplazamos con el ¿PARA QUÉ?

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