Hay libros que llegan con la misma naturalidad con que un galgo cruza un campo: sin anunciarse, sin hacer ruido, dejando apenas una estela que uno advierte cuando ya paso. "Los galgos, los galgos", la novela de Sara Gallardo publicada en 1968, pertenece a esa categoria de obras que no piden permiso para entrar pero que, una vez adentro, no se van mas. Releerla hoy es confirmar que la literatura argentina tiene tesoros que todavia esperan ser descubiertos por las nuevas generaciones de lectores.
Gallardo construyo una narracion donde la protagonista, una mujer de la alta burguesia portena, atraviesa una crisis existencial silenciosa que la prosa registra con una precision casi quirurgica. No hay grandes estallidos ni confesiones melodramaticas: hay observacion, hay detalles, hay una mirada lateral sobre el mundo que resulta mas reveladora que cualquier monologue interior al uso. El galgo, ese animal que aparece y desaparece en las paginas del libro, funciona como un espejo del alma de la narradora: esbelto, nervioso, hecho para la velocidad pero condenado a la domesticidad.
La eleccion del galgo como figura central no es casual. Es un animal que corre sin ladrar, que vive en los margenes de lo visible, que posee una elegancia tan extrema que parece una abstraccion. En manos de Gallardo, ese animal se convierte en la metafora perfecta de cierta manera de estar en el mundo: presente y ausente al mismo tiempo, visible pero inasible, querido pero incomprendido. La novela es eso: el retrato de una mujer que comparte con su galgo la misma condicion de criatura que no encaja del todo en el espacio que le fue asignado.
El estilo de Gallardo es, el mismo, un milagro de discrecion. Sus oraciones son cortas, musculosas, sin grasa innecesaria. Cada palabra ocupa el lugar exacto que le corresponde y no hay una sola que sobre. En una epoca en que la novela argentina tendia al barroquismo y a la ambicion enciclopedica, ella fue en la direccion contraria: hacia la economia, hacia el silencio cargado de significado, hacia una escritura que confia en la inteligencia del lector para completar lo que la pagina solo insinua.
Vale la pena mencionar el contexto de su redescubrimiento. Sara Gallardo fue durante anos una autora injustamente relegada a los margenes del canon, quizas porque su obra desafia las categorias simples. No es realismo social ni fantasia ni experimentacion vanguardista en el sentido mas convencional: es algo propio, inconfundible, que exige un tipo de atencion diferente. Pero en los ultimos anos, gracias al trabajo de editoriales independientes y de criticos que supieron leerla con los ojos limpios, su lugar en la literatura argentina del siglo XX esta siendo finalmente reconocido.
Quien lea "Los galgos, los galgos" por primera vez encontrara una novela que no se parece a nada. Quien la relea descubrira que es, cada vez, un libro diferente, porque la prosa de Gallardo tiene la propiedad de los objetos verdaderamente grandes: revela nuevas capas a medida que el lector madura. En este Cafe Literario, la recomendacion es sencilla y absoluta: busquen este libro, entreguense a el con la misma confianza ciega con que el galgo se entrega a la carrera, y dejen que los lleve.